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domingo, 8 de febrero de 2026

El mensajero llega antes que el mensaje: Cómo Silvano recuperó el mando de su vida

Ilustración minimalista en acuarela digital de una figura contemplando el amanecer: símbolo de silencio, claridad interior y autoliderazgo.

La alarma no sonó.

No porque estuviera dañada. Silvano la había apagado antes de dormir, con ese gesto rápido de “mañana me levanto igual”. Y sin embargo, cuando abrió los ojos, el cuarto estaba lleno de una claridad tímida, como si el día se asomara de puntillas.

Se quedó quieto. Un minuto, tal vez dos. En su pecho había una incomodidad rara, una mezcla de urgencia y desgano. No era pereza exactamente. Era otra cosa, más fina, más difícil de explicar: la sensación de que algo lo llamaba… y él estaba fingiendo no oír.

En la mesa de noche, el celular brilló con una notificación. Un recordatorio: “Reunión 9:00. Presentación lista.” La palabra lista le provocó una pequeña mueca. ¿Lista para quién? ¿Para el papel? ¿Para la gente? ¿Para él?

El mundo, con su prisa educada, ya lo estaba empujando.

Ese espejo que no perdona (aunque tampoco grita)

Silvano fue al baño y se miró. No buscaba verse bien. Buscaba… confirmarse. Pero el espejo devolvió otra cosa: hombros algo caídos, mandíbula apretada, una mirada que decía “no sé si puedo” aunque la boca no dijera nada.

Hay personas que se engañan con facilidad frente a otros; frente a sí mismas, les cuesta más. Y el cuerpo, ya se sabe, es un chismoso: cuenta lo que la mente intenta maquillar.

Silvano se lavó la cara con agua fría. Sintió el golpe, la piel despertando. Por un instante, la mente se quedó en blanco y apareció una idea simple, casi como un destello: si él mismo se habla con ese tono, ni su sombra va a querer seguirlo.

No lo pensó como teoría. Lo sintió como se siente el hambre o el cansancio: directo, sin discursos.

En la cocina, mientras el café empezaba a oler a hogar, se encontró con su propia conversación interna. Esa voz que no se presenta, pero llega.

“Vas tarde.”
“Te van a cuestionar.”
“Hoy no es el día.”

¿Sabes qué? A veces esa voz suena como prudencia, pero se comporta como freno de mano. Y Silvano, que había liderado proyectos, equipos, incluso crisis ajenas, se dio cuenta de algo casi ridículo: su mayor resistencia no estaba en el calendario. Estaba en su cara por dentro.

El mensajero llega primero que el mensaje

Antes de abrir la laptop, Silvano se quedó mirando la pantalla apagada. Ese rectángulo negro era un espejo más honesto de lo que parecía. Ahí, en ese reflejo borroso, se notaba el cansancio acumulado y también una especie de cinismo suave: el “ya me la sé” que aparece cuando uno ha fallado varias veces y se protege con ironía.

No es que no supiera qué hacer. Tenía la presentación, los datos, las propuestas. El problema era otro: la persona que iba a ejecutar todo eso llegaba con la espalda encogida.

Silvano respiró, lento. No para “sentirse mejor” de manera mágica, sino para recuperar mando. Enderezó un poco la columna. Aflojó la mandíbula. Bajó los hombros. Un gesto pequeño, casi invisible. Pero, curiosamente, el aire entró distinto, como si el pecho hiciera espacio.

En el fondo, él sabía algo que muchos intuyen sin ponerle nombre: cuando el mensajero interno aparece derrotado, el mensaje se vuelve pesado, incluso si es brillante.

Abrió la laptop. Y antes de escribir una sola línea, se hizo una pregunta sencilla, de esas que no adornan nada: ¿Con qué tono me estoy dando instrucciones?

La señal del cuerpo: ese “presentimiento” que no es cuento

A las 8:12, una colega le escribió: “¿Listo para compartir la presentación? El equipo está esperando.” Silvano sintió una punzada en el estómago, como un tirón corto. No era miedo a la gente. Era miedo a no sostenerse a sí mismo.

Hay un tipo de tensión que se nota en los silencios. No en lo que se dice, sino en lo que se evita. Silvano llevaba días evitando mandar la versión final. Siempre faltaba “un detalle”. Siempre “un ajuste”. Y a veces ese “detalle” es solo una forma elegante de no exponerse.

Se levantó de la silla y caminó dos pasos. Miró por la ventana: una ráfaga movía las hojas de un árbol como si alguien las peinara. El viento no pedía permiso. No se justificaba. Pasaba.

Silvano volvió a la mesa. Puso las manos sobre el escritorio, firme, como quien se afirma en tierra. Exhaló largo. Y respondió el mensaje: “En cinco minutos lo comparto.”

No fue heroísmo. Fue constancia. Fue elegir el paso siguiente, sin negociar con el drama.

Tres escenas, un mismo aprendizaje

La mañana avanzó como avanzan las cosas reales: con interrupciones, con ruidos, con pequeños roces. Y Silvano fue viendo, casi con sorpresa, que el verdadero trabajo era mantenerse presente cuando el impulso era salir corriendo hacia cualquier distracción.

Cuando el tiempo se desordena, el tono manda

En la reunión, habló claro. Hubo preguntas. Algunas amables, otras filosas. Silvano sintió el primer impulso de defenderse, esa reacción que sube a la garganta como un escudo. Pero se quedó quieto. Sostuvo la tensión sin huir.

Entre una pregunta y otra, hizo algo mínimo: apoyó bien los pies en el suelo. Y ese gesto lo devolvió. No al control. A la dignidad.

Al final, una compañera le dijo por chat: “Te vi sereno. Eso ayudó a todos.” Silvano leyó la frase dos veces. No era un halago superficial. Era un dato: su presencia estaba liderando antes que sus palabras.

Cuando hay equipo, el cuerpo también firma

Más tarde, en una conversación uno a uno con un colega que venía llegando tarde a todo, Silvano notó el mismo patrón de siempre: el otro explicaba, justificaba, prometía. Y Silvano, por dentro, juntaba resentimiento como quien guarda monedas en el bolsillo.

Esta vez no acumuló. Miró al colega y eligió un límite sencillo, sin castigo: “Necesito que confirmes por escrito lo que vas a entregar y cuándo. Si no puedes, lo ajustamos hoy, no mañana.”

El colega parpadeó. Se notó incómodo. Y luego, como pasa cuando alguien deja de pelear y empieza a ser claro, respiró y dijo: “Ok. Gracias por decirlo así.”

Silvano sintió algo curioso: el límite no rompió el vínculo. Lo limpió.

Cuando la familia aprieta, la verdad se nota más

Por la noche, hubo un mensaje de su hermana: “Mamá está molesta. Dice que nunca llamas.” Silvano sintió el viejo enojo. Esa mezcla de culpa y rabia que te pone defensivo incluso antes de marcar el número.

Se sirvió un vaso de agua. Se quedó de pie en la cocina, escuchando el refrigerador, ese zumbido doméstico que siempre está ahí. Se dio cuenta de que no quería llamar para “cumplir”. Quería llamar sin veneno.

Entonces hizo una pausa rara, humilde: reconoció su parte. Sí, había estado ausente. Sí, también le dolía sentirse exigido. Ambas cosas podían existir sin que él se volviera duro.

Llamó. Su madre respondió con un “¿y tú?” que tenía más tristeza que reproche. Silvano no se defendió. Dijo: “He estado lejos. No me gusta eso. Quiero retomar, de verdad.”

No prometió el mundo. Prometió lo que podía sostener.

Y en ese momento, sin música épica ni frases bonitas, el vínculo volvió a respirar.

Un ritual pequeño que cambió el resto del día

Antes de dormir, Silvano recordó algo que había escuchado en un taller hacía años, de esos consejos que uno ignora hasta que lo necesita: grabarse hablando de su prioridad y mirarse sin sonido.

Se grabó. Sesenta segundos. “Esta semana voy a…” Y ya. Nada más.

Luego puso el video sin volumen.

Qué cosa. Sus manos se movían como pidiendo disculpas. Sus ojos buscaban escape. Su rostro decía “no me creas”.

Se quedó mirando, sin juicio. Solo mirando. Como quien observa el clima: hoy hay viento. Hoy hay nubes. No se pelea con eso; se ajusta.

Grabó de nuevo. Enderezó el cuello. Dejó los hombros sueltos. Miró directo a la cámara como si se hablara a alguien importante. Esta vez, su imagen no suplicó. Propuso.

Repitió una tercera vez. Y notó algo sutil: el cuerpo, cuando se ordena, también ordena la mente.

En la mesa quedó una taza vacía, migas de pan, el celular boca abajo. Lo cotidiano, de pronto, se sintió como un lugar serio. No por solemnidad. Por presencia.

Silvano apagó la luz. Y en la oscuridad, por primera vez en semanas, el silencio no fue peso. Fue casa.

Del Relato a la Resolución

Silvano no se convirtió en otra persona de un día para otro. Más bien recordó a la persona que ya estaba ahí, esperando detrás del ruido. Como una semilla que no empuja la tierra por ansiedad, sino porque le llegó su hora. Y cuando esa hora llega, el viento ayuda, el agua encuentra camino, y hasta una mesa común —con pan, migas y una taza— puede sentirse como un umbral: el lugar donde lo interno se vuelve visible sin hacer escándalo.

Si quieres llevarte algo práctico hoy, hazlo simple: graba un video de 60 segundos contando tu prioridad de la semana. Luego míralo sin volumen. Observa tu rostro, tus manos, tu postura. Pregúntate con honestidad: si esta persona fuera mi guía, ¿me daría confianza? Si la respuesta es “más o menos”, ajusta una cosa: relaja la mandíbula, baja los hombros, apoya bien los pies, respira largo. Y repite. No para actuar un personaje, sino para recuperar mando. Con dos o tres intentos, se nota. Se siente.

Y esto no se queda en el trabajo. Sirve en una conversación difícil, en un límite que has pospuesto, en esa costumbre que dices querer cambiar “cuando tengas tiempo”. También sirve cuando te descubres reaccionando en vez de responder. Ahí, en lo pequeño, se juega lo grande. Tu tono interno abre o cierra puertas, incluso las que llevan a la gente que amas.

Si te resuena y te gustaría una guía cercana para llevarlo a tu caso —con tus relaciones, tus metas, tu forma particular de defenderte o callarte—, una conversación bien hecha puede marcar el inicio de una ruta consciente. Nada de fórmulas mágicas: procesos reales, metas humanas y un espacio donde lo esencial pueda respirar sin prisa.

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domingo, 18 de enero de 2026

La habitación que no pedía aplausos: un relato reflexivo sobre la sinceridad

Hombre con cabeza rapada y camiseta blanca en una habitación minimalista iluminada por luz suave, con espejo y tatuaje de línea quebrada en el brazo.

A Darío le gustaban los lugares blancos. No por obsesión con el orden ni por esa manía moderna de que todo parezca catálogo. Le gustaban porque ahí se notaba todo. Una mota de polvo. Una sombra. Una grieta mínima en la pared. Y, sí, también se notaba cuando uno intentaba fingir.

Esa tarde, sin embargo, el blanco no le hizo gracia.

El cuarto donde estaba era pequeño, casi desnudo. Una silla plegable, una mesa baja y un espejo apoyado contra la pared, como si alguien lo hubiese colocado a última hora. La luz entraba de costado, suave, sin esa violencia de foco que te deja en evidencia. Era una luz decente, digamos. Una luz que no se burlaba.

Darío se quedó mirando su reflejo como quien revisa un recibo: buscando un error.

Tenía la cabeza rapada desde hacía meses. Primero fue por practicidad; luego se volvió costumbre. Sin cabello, ya no podía esconderse detrás de un “me despeiné” o un “así me queda mejor”. La piel decía la verdad. Punto. Y esa verdad, curiosamente, le daba calma… hasta que no.

Porque esa tarde venía con una pregunta atravesada como espina: ¿qué queda de uno cuando ya no hay nada que impresione?

Sonó dramático, lo sabía. Pero el drama no siempre grita; a veces solo se sienta contigo y se queda callado.

¿Y si el espejo no quiere “likes”?

Darío trabajaba en comunicación para marcas pequeñas. Esas que viven en redes sociales y miden su autoestima en interacciones. Sabía de narrativa, de imagen, de “tono de voz”. Podía convertir una cafetería de barrio en “experiencia sensorial” con tres adjetivos y una foto bien tomada. Lo hacía bien. Demasiado bien.

Y ahí estaba el problema.

A fuerza de maquillar lo ajeno, se le había pegado un hábito: también maquillaba lo propio. No mentía como en las películas, con grandes inventos. Mentía de una forma más cotidiana, más peligrosa: ajustaba. Un poquito. “No estoy mal, solo cansado”. “No me importa, estoy bien”. “Ya lo superé”. Ya sabes.

El espejo, en cambio, no ajusta. Te muestra.

Darío se acercó un paso. Vio las ojeras leves, el gesto serio, la boca apretada. No era feo ni guapo; era un humano. Y aun así, su mente buscó un “ángulo” para caer mejor. Qué cosa. ¿No era agotador estar todo el tiempo intentando ser presentable?

De pronto, le dieron ganas de reír. Una risa chiquita, sin chiste. Porque se acordó de algo que había escuchado en una charla: “La sinceridad no es una confesión; es una forma de estar.” En ese momento le pareció frase de taza. Ahora, con el cuarto en silencio, empezaba a tener sentido.

La luz suave y esa verdad que no hace show

La luz rozaba su cara y le marcaba los contornos. No lo dejaba “perfecto”, pero tampoco lo castigaba. Era como una conversación con alguien que te quiere bien: te dice las cosas sin humillarte.

Darío pensó en la última vez que dijo una verdad sin adornos.

Fue con su hermana, Valeria, en una cafetería donde todo olía a canela y prisa. Ella le preguntó si él estaba feliz con su vida. Él soltó una carcajada y dijo: “Claro”. Luego habló de proyectos, de planes, de “cosas buenas”. Pero hubo un segundo, uno solo, en el que su garganta se cerró.

Valeria lo miró con esa puntería de los hermanos mayores. No insistió. Solo dijo: “Ok”. Y Darío se sintió peor, porque entendió que ella había notado el hueco.

A veces, la gente no necesita que le expliques tu mentira. La huele.

Esa tarde, frente al espejo, Darío se permitió una idea incómoda: quizás no había sido “intenso” por pasión, sino por miedo. Miedo a que una verdad simple no bastara. Miedo a decir: “No sé”. Miedo a quedarse sin discurso.

¿Sabes qué? A Darío le sorprendió lo común que era ese miedo. Lo veía en clientes, en colegas, en amigos. Todos vendiendo una versión “optimizada” de sí mismos. Como si la vida tuviera un botón de edición.

La camiseta blanca: una hoja que no se defiende

Llevaba una camiseta blanca, lisa, sin logos. La había comprado por impulso, como quien decide respirar. No era moda minimalista ni nada. Era solo… simple. Y esa simplicidad le pegó.

Una camiseta blanca es una hoja. Y una hoja en blanco da miedo.

Porque en una hoja en blanco no puedes culpar al ruido. No puedes esconderte en la decoración. Ahí se nota lo que escribes. Y también lo que no te atreves a escribir.

Darío recordó las frases que, sin darse cuenta, había ido copiando en su propia hoja:

  • “Tienes que aprovechar tu potencial.”

  • “No muestres debilidad.”

  • “Haz que te respeten.”

  • “Si no haces algo grande, ¿entonces qué?”

Sonaban motivacionales. Sonaban útiles. Pero, honestamente, también sonaban como una jaula elegante.

Y entonces se hizo una pregunta rara: ¿Cuántas decisiones había tomado para ser querido y cuántas para ser real?

La respuesta no llegó completa, pero sí llegó un olor: cansancio. Un cansancio viejo, como de haber sostenido una pose demasiado tiempo. Por fuera funcionaba. Por dentro, se deshilachaba.

La marca en el brazo: cuando el cuerpo recuerda lo que tú evitas

Darío levantó el brazo izquierdo y, con el reflejo, vio la marca que siempre terminaba explicando cuando alguien preguntaba. No era una cicatriz dramática, tampoco algo romántico. Era un tatuaje simple: una línea quebrada que parecía un camino con un quiebre.

Se lo hizo un año después de un accidente en carretera. Nada de película: lluvia, asfalto, una decisión mal calculada. Salió vivo. Eso era lo importante. Pero el susto le dejó una sensación terca: la vida no se negocia con frases bonitas.

La línea quebrada fue su manera de recordarlo. No como amenaza, sino como nota en el margen: “No te mientas.”

Y claro, lo irónico era que sí se mentía. No sobre el accidente, sino sobre lo que vino después. A sus amigos les decía: “Ya pasó, todo bien”. A su madre: “Fue un susto”. A sí mismo: “No cambió tanto”. Pero su cuerpo, terco como buen cuerpo, no olvidaba. A veces le dolía el hombro cuando llovía. A veces le sudaban las manos al manejar de noche. A veces soñaba con frenar y no poder.

La sinceridad, pensó, no es limpiar el pasado. Es mirarlo sin convertirlo en un espectáculo. Sin usarlo como excusa. Sin maquillarlo.

Solo decir: “Esto me marcó”.

Y seguir.

El brazo en reposo: bajar el escudo, aunque dé vértigo

Darío se sentó en la silla plegable. Apoyó el antebrazo en la mesa baja, como quien suelta una mochila. Ese gesto lo tranquilizó más de lo esperado. ¿Por qué? Porque era un gesto de confianza. No estaba preparado para pelear. No estaba “en guardia”.

La guardia cansa.

Ese fue otro descubrimiento: la sinceridad no siempre se siente valiente. A veces se siente como descanso. Como cuando dejas de tensar la mandíbula y, por fin, te duele menos la cara.

Darío pensó en cuántas veces había dicho “sí” para evitar un “¿por qué no?”. Cuántas veces había sonreído para no explicar su tristeza. Cuántas veces había contado una anécdota graciosa para no decir: “Me siento solo”.

Porque sí, ese era el centro del asunto. La verdad pequeña y medio fea: últimamente se sentía solo. Con gente, con trabajo, con ruido. Solo igual.

Y lo peor no era la soledad. Lo peor era la vergüenza de admitirla. Como si estar solo fuera un defecto de fabricación.

Entonces se escuchó decir, en voz baja, como si el cuarto necesitara oírlo primero:

—Estoy cansado.

Nada más. No “cansado pero agradecido”, no “cansado pero motivado”. Solo cansado.

Y el cuarto no se derrumbó. La vida no colapsó. La luz siguió igual.

El pacto de la mirada

Volvió al espejo. Se quedó mirándose, sin buscar ángulos. Sin ensayar una sonrisa. Sin ajustar la voz interna.

Darío tenía un nombre curioso: significaba “poseedor”, “el que mantiene”. Su padre se lo había puesto por un abuelo que “siempre sacó a la familia adelante”. A Darío le había gustado esa idea durante años. Ser el que sostiene. El que resuelve. El que no se rompe.

Pero, ¿y si también podía ser el que suelta?

Se dio cuenta de algo que le dio rabia y alivio al mismo tiempo: muchas máscaras que usaba no eran para engañar, sino para mendigar paz. Para que nadie preguntara. Para que nadie se preocupara. Para no sentirse una carga.

Y ahí apareció la contradicción: él quería sinceridad, pero también quería control. Quería decir la verdad y que todo saliera bien. Quería mostrar su herida y que nadie la tocara.

No funciona así.

La sinceridad no garantiza aplauso. Ni cariño. Ni comprensión. A veces trae silencio. A veces trae distancia. Pero también trae algo raro y precioso: integridad. Eso de poder caminar sin sentir que te persigues a ti mismo.

Darío respiró hondo y pensó en una verdad que sí podía sostener sin drama:

“No necesito parecer alguien. Necesito ser alguien.”

Esa frase, ahora sí, le sonó real. Con peso.

Y, de pronto, la habitación fue hogar

Lo curioso es que el cuarto seguía igual: blanco, sencillo, casi vacío. Pero Darío ya no lo veía como falta. Lo veía como espacio.

Como cuando limpias el escritorio y, al principio, te sientes raro, porque estás acostumbrado al caos. Pero luego te das cuenta de que el espacio te deja pensar. Te deja crear. Te deja respirar.

A Darío le vino una idea sencilla: quizá la sinceridad es eso. Un espacio.

Un lugar interno sin muebles innecesarios. Sin frases prestadas. Sin “deberías” como lámparas. Un lugar donde se nota lo esencial y ya.

Se levantó, tomó el espejo con cuidado y lo acomodó mejor contra la pared. No por estética. Por respeto. Como si dijera: “Te voy a mirar bien”.

Antes de salir, se quedó un segundo en la puerta. No sintió euforia. Sintió algo más útil: claridad. Y esa claridad tenía una forma humilde, casi doméstica. Como la luz suave de la tarde cuando baja el calor.

Se fue con una certeza chiquita, pero firme: la verdad no necesita show para ser verdad.

Del Relato a la Resolución

Darío no salió del cuarto convertido en otro. No hubo música épica ni un gran discurso. Salió más parecido a sí mismo, que a veces es el cambio más grande y menos vistoso.

Porque la sinceridad —esa que no grita y no posa— se parece a una habitación ordenada por dentro. Te deja ver la mota de polvo, sí. Te deja ver la grieta, también. Pero, de alguna manera, te permite habitarte sin pedir permiso. Y eso… eso se siente como hogar.

Ahora, déjame preguntarte algo, así de frente: ¿qué parte de tu vida estás “ajustando” para que se vea bien, cuando lo que necesitas es que se sienta verdadero? Quizá no hace falta derrumbarlo todo. A veces basta con una frase honesta. A veces basta con sentarte, bajar el escudo y decir: “Estoy cansado”, “Tengo miedo”, “No sé”.

Si te resuena esta idea, puede ser buen momento para iniciar una ruta consciente: un proceso guiado, con conversaciones reales, procesos reales, metas humanas que dejan espacio para lo esencial. Sin promesas exageradas. Sin disfraces. Solo un camino claro para volver a lo que importa.

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domingo, 10 de agosto de 2025

El arte de acechar en silencio: lo que me enseñó un gato sobre presencia y paciencia

Gato naranja sentado en silencio en una estación de tren, observando palomas en lo alto, símbolo de paciencia, enfoque y atención plena.

No recuerdo el nombre del tren que tomamos esa tarde. Era uno de esos viajes de regreso que llegan con el cansancio justo para que todo se vea distinto, como si la luz del día te susurrara al oído:

“fíjate bien… hoy algo va a hablarte”.

Y vaya que lo hizo.

Después de un día agitado —Manhattan tiene esa forma extraña de dejarte exhausto y expandido al mismo tiempo— llegamos a la estación de Westbury, justo cuando la tarde empezaba a doblarse sobre sí misma, como si se estirara para despedirse.

Amanda iba un paso adelante, revisando algo en su bolso. Yo me detuve. Algo —no sé qué— me hizo girar la cabeza.

Y ahí estaba.

Un gato naranja, sentado como si le hubiesen encargado custodiar el concreto.

No era un gato cualquiera

Era de esos gatos callejeros que ya no temen ni a los autos ni a las miradas. Su cuerpo era compacto, curtido, como el de alguien que ha vivido más de una vida. Tenía una de esas posturas que no se aprenden en casas con calefacción, sino en esquinas donde cada noche se gana.

Pero lo que me atrapó no fue su dureza.
Fue su quietud.

Estaba allí, inmóvil, con la mirada clavada en algo que yo aún no veía. Sus orejas apenas temblaban con el viento. Parecía una estatua viva, esculpida en paciencia. Me acerqué un poco y, entonces, las vi:

Unas palomas caminaban entre las columnas de cemento, picoteando no sé qué restos invisibles.

Y ahí entendí:
el gato no descansaba. Estaba acechando.

Pero no como cazador desesperado. No había hambre en su mirada, sino algo más fino.
Era presencia pura. Instinto concentrado. El arte de esperar… con intención.

A veces el alma también acecha

Y aquí es donde el relato cambia de piel. Porque, honestamente, no podía dejar de mirar. Amanda me llamó —creo que dijo mi nombre una vez, luego dos— y yo apenas levanté una mano. Le hice señas para que mirara también, pero el gato seguía solo conmigo. Fue nuestro momento compartido.

Y me pregunté:

  • ¿Cuántas veces he sido ese gato?

  • ¿Cuántas veces me he quedado en silencio, sin mover un músculo, esperando que algo aparezca?

  • ¿Y cuántas veces, en vez de esperar, he corrido detrás de cosas por puro miedo a no obtenerlas?

No sé tú, pero yo he cazado más cosas por ansiedad que por verdadera oportunidad.
Y casi siempre, cuando corro por desesperación, me pierdo lo que ya estaba acercándose a mí.

El entorno importa menos que la atención

La estación era gris. Fría. Ruidosa. No tenía nada de mística.
Pero eso no impidió que la escena tuviera alma.

Ahí fue cuando recordé algo que suelo decir en las sesiones de coaching:

“No importa dónde estés; importa cómo estás.”

El gato no eligió un lugar cómodo. Eligió un lugar estratégico.
Y eso me hizo pensar en nosotros, los humanos, que a veces creemos que solo se puede meditar en un templo o tener claridad bajo un árbol.
Como si el alma necesitara decoración.

No.
Lo que necesitamos es presencia.
Eso que tenía ese gato.
Esa forma de estar que no se aprende en libros. Se encarna.

La paciencia no es pasividad

Es fácil confundir el silencio con resignación. El no actuar con apatía.
Pero este gato no era pasivo.
Lo suyo era otra cosa.
Era el tipo de paciencia que da miedo: la que no se distrae.
La que puede esperar sin perder energía.

¿Sabes por qué?
Porque no duda de lo que está haciendo.
No necesita moverse para validarse.

Y eso… eso es sabiduría encarnada.

En un mundo donde todo empuja a la inmediatez —desde el scroll infinito hasta los plazos autoimpuestos para ser “exitosos”— ver a un ser vivo completamente inmóvil pero totalmente enfocado…
fue casi una bofetada al alma.

Lo que me enseñó ese gato

Te lo confieso: me fui de ahí distinto.

No me llevé una postal ni una selfie.
Me llevé una frase que se formó sola en mi cabeza, como si el gato me la dictara sin mover los labios:

“No todo se alcanza corriendo. Algunas verdades se cazan en silencio.”

Y desde entonces, me he pillado a mí mismo más de una vez haciendo pausas.
Esperando con intención.
Mirando sin buscar.

No te voy a decir que se me da fácil. A veces el impulso me gana.
Pero algo cambió: ahora reconozco el valor de esperar desde el centro,
no desde la carencia.

¿Y si ese gato fueras tú?

Piénsalo un momento.
Tal vez hoy no necesitas moverte tanto.
Tal vez lo que buscas está cerca…
pero necesita que dejes de hacer ruido interno.
Que te sientes. Que observes. Que recuperes tu instinto.

  • ¿Tienes algo que estás “cazando”?

  • ¿Un proyecto, una relación, una decisión?

  • ¿Estás actuando desde la prisa o desde la claridad?

Yo no tengo todas las respuestas.
Pero sí sé esto:

El silencio bien sostenido tiene una fuerza que muchas veces asusta.
Porque nos enfrenta a nosotros mismos.

Y si logras quedarte ahí —sin huir, sin sobrepensar— algo en ti empieza a cambiar.
No lo ves de inmediato. Pero lo sientes.

Una lección que sigue vibrando

El relato termina, sí.
Pero la enseñanza sigue viva.

Como esas palomas que el gato no atrapó —pero que, en cierto modo, ya eran suyas—
lo importante no es la caza.
Es la forma en que estás presente con lo que deseas.

Del Relato a la Resolución

A veces, el alma no necesita respuestas urgentes, sino espacios seguros para acechar en silencio. Como ese gato, también nosotros atravesamos estaciones grises y retornos cansados, donde algo dentro —sin hacer ruido— nos dice: "Quédate. Mira bien. No te precipites."

Este relato nos recuerda que no todo se logra en movimiento. Hay decisiones que maduran cuando dejamos de empujar. Hay oportunidades que se revelan solo ante una presencia quieta, alerta y confiada. La verdadera caza no siempre es rápida; a veces es ritual. A veces, es silencio con los ojos abiertos.

¿Y tú? ¿En qué área de tu vida necesitas cambiar el frenesí por enfoque?
¿Dónde podrías pasar del ruido a la observación?
¿Qué parte de ti está lista para esperar con sabiduría… y no con miedo?

Tal vez este sea tu momento para acechar sin ansiedad, para escuchar lo que solo se revela cuando ya no corres tras ello.
Porque cuando eliges la quietud con propósito, ya estás más cerca de lo que anhelas.

Si este relato resonó contigo y sientes que es tiempo de trabajar tu propio arte de esperar con sentido, estaré encantado de acompañarte en ese proceso.

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