A Darío le gustaban los lugares blancos. No por obsesión con el orden ni por esa manía moderna de que todo parezca catálogo. Le gustaban porque ahí se notaba todo. Una mota de polvo. Una sombra. Una grieta mínima en la pared. Y, sí, también se notaba cuando uno intentaba fingir.
Esa tarde, sin embargo, el blanco no le hizo gracia.
El cuarto donde estaba era pequeño, casi desnudo. Una silla plegable, una mesa baja y un espejo apoyado contra la pared, como si alguien lo hubiese colocado a última hora. La luz entraba de costado, suave, sin esa violencia de foco que te deja en evidencia. Era una luz decente, digamos. Una luz que no se burlaba.
Darío se quedó mirando su reflejo como quien revisa un recibo: buscando un error.
Tenía la cabeza rapada desde hacía meses. Primero fue por practicidad; luego se volvió costumbre. Sin cabello, ya no podía esconderse detrás de un “me despeiné” o un “así me queda mejor”. La piel decía la verdad. Punto. Y esa verdad, curiosamente, le daba calma… hasta que no.
Porque esa tarde venía con una pregunta atravesada como espina: ¿qué queda de uno cuando ya no hay nada que impresione?
Sonó dramático, lo sabía. Pero el drama no siempre grita; a veces solo se sienta contigo y se queda callado.
¿Y si el espejo no quiere “likes”?
Darío trabajaba en comunicación para marcas pequeñas. Esas que viven en redes sociales y miden su autoestima en interacciones. Sabía de narrativa, de imagen, de “tono de voz”. Podía convertir una cafetería de barrio en “experiencia sensorial” con tres adjetivos y una foto bien tomada. Lo hacía bien. Demasiado bien.
Y ahí estaba el problema.
A fuerza de maquillar lo ajeno, se le había pegado un hábito: también maquillaba lo propio. No mentía como en las películas, con grandes inventos. Mentía de una forma más cotidiana, más peligrosa: ajustaba. Un poquito. “No estoy mal, solo cansado”. “No me importa, estoy bien”. “Ya lo superé”. Ya sabes.
El espejo, en cambio, no ajusta. Te muestra.
Darío se acercó un paso. Vio las ojeras leves, el gesto serio, la boca apretada. No era feo ni guapo; era un humano. Y aun así, su mente buscó un “ángulo” para caer mejor. Qué cosa. ¿No era agotador estar todo el tiempo intentando ser presentable?
De pronto, le dieron ganas de reír. Una risa chiquita, sin chiste. Porque se acordó de algo que había escuchado en una charla: “La sinceridad no es una confesión; es una forma de estar.” En ese momento le pareció frase de taza. Ahora, con el cuarto en silencio, empezaba a tener sentido.
La luz suave y esa verdad que no hace show
La luz rozaba su cara y le marcaba los contornos. No lo dejaba “perfecto”, pero tampoco lo castigaba. Era como una conversación con alguien que te quiere bien: te dice las cosas sin humillarte.
Darío pensó en la última vez que dijo una verdad sin adornos.
Fue con su hermana, Valeria, en una cafetería donde todo olía a canela y prisa. Ella le preguntó si él estaba feliz con su vida. Él soltó una carcajada y dijo: “Claro”. Luego habló de proyectos, de planes, de “cosas buenas”. Pero hubo un segundo, uno solo, en el que su garganta se cerró.
Valeria lo miró con esa puntería de los hermanos mayores. No insistió. Solo dijo: “Ok”. Y Darío se sintió peor, porque entendió que ella había notado el hueco.
A veces, la gente no necesita que le expliques tu mentira. La huele.
Esa tarde, frente al espejo, Darío se permitió una idea incómoda: quizás no había sido “intenso” por pasión, sino por miedo. Miedo a que una verdad simple no bastara. Miedo a decir: “No sé”. Miedo a quedarse sin discurso.
¿Sabes qué? A Darío le sorprendió lo común que era ese miedo. Lo veía en clientes, en colegas, en amigos. Todos vendiendo una versión “optimizada” de sí mismos. Como si la vida tuviera un botón de edición.
La camiseta blanca: una hoja que no se defiende
Llevaba una camiseta blanca, lisa, sin logos. La había comprado por impulso, como quien decide respirar. No era moda minimalista ni nada. Era solo… simple. Y esa simplicidad le pegó.
Una camiseta blanca es una hoja. Y una hoja en blanco da miedo.
Porque en una hoja en blanco no puedes culpar al ruido. No puedes esconderte en la decoración. Ahí se nota lo que escribes. Y también lo que no te atreves a escribir.
Darío recordó las frases que, sin darse cuenta, había ido copiando en su propia hoja:
-
“Tienes que aprovechar tu potencial.”
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“No muestres debilidad.”
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“Haz que te respeten.”
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“Si no haces algo grande, ¿entonces qué?”
Sonaban motivacionales. Sonaban útiles. Pero, honestamente, también sonaban como una jaula elegante.
Y entonces se hizo una pregunta rara: ¿Cuántas decisiones había tomado para ser querido y cuántas para ser real?
La respuesta no llegó completa, pero sí llegó un olor: cansancio. Un cansancio viejo, como de haber sostenido una pose demasiado tiempo. Por fuera funcionaba. Por dentro, se deshilachaba.
La marca en el brazo: cuando el cuerpo recuerda lo que tú evitas
Darío levantó el brazo izquierdo y, con el reflejo, vio la marca que siempre terminaba explicando cuando alguien preguntaba. No era una cicatriz dramática, tampoco algo romántico. Era un tatuaje simple: una línea quebrada que parecía un camino con un quiebre.
Se lo hizo un año después de un accidente en carretera. Nada de película: lluvia, asfalto, una decisión mal calculada. Salió vivo. Eso era lo importante. Pero el susto le dejó una sensación terca: la vida no se negocia con frases bonitas.
La línea quebrada fue su manera de recordarlo. No como amenaza, sino como nota en el margen: “No te mientas.”
Y claro, lo irónico era que sí se mentía. No sobre el accidente, sino sobre lo que vino después. A sus amigos les decía: “Ya pasó, todo bien”. A su madre: “Fue un susto”. A sí mismo: “No cambió tanto”. Pero su cuerpo, terco como buen cuerpo, no olvidaba. A veces le dolía el hombro cuando llovía. A veces le sudaban las manos al manejar de noche. A veces soñaba con frenar y no poder.
La sinceridad, pensó, no es limpiar el pasado. Es mirarlo sin convertirlo en un espectáculo. Sin usarlo como excusa. Sin maquillarlo.
Solo decir: “Esto me marcó”.
Y seguir.
El brazo en reposo: bajar el escudo, aunque dé vértigo
Darío se sentó en la silla plegable. Apoyó el antebrazo en la mesa baja, como quien suelta una mochila. Ese gesto lo tranquilizó más de lo esperado. ¿Por qué? Porque era un gesto de confianza. No estaba preparado para pelear. No estaba “en guardia”.
La guardia cansa.
Ese fue otro descubrimiento: la sinceridad no siempre se siente valiente. A veces se siente como descanso. Como cuando dejas de tensar la mandíbula y, por fin, te duele menos la cara.
Darío pensó en cuántas veces había dicho “sí” para evitar un “¿por qué no?”. Cuántas veces había sonreído para no explicar su tristeza. Cuántas veces había contado una anécdota graciosa para no decir: “Me siento solo”.
Porque sí, ese era el centro del asunto. La verdad pequeña y medio fea: últimamente se sentía solo. Con gente, con trabajo, con ruido. Solo igual.
Y lo peor no era la soledad. Lo peor era la vergüenza de admitirla. Como si estar solo fuera un defecto de fabricación.
Entonces se escuchó decir, en voz baja, como si el cuarto necesitara oírlo primero:
—Estoy cansado.
Nada más. No “cansado pero agradecido”, no “cansado pero motivado”. Solo cansado.
Y el cuarto no se derrumbó. La vida no colapsó. La luz siguió igual.
El pacto de la mirada
Volvió al espejo. Se quedó mirándose, sin buscar ángulos. Sin ensayar una sonrisa. Sin ajustar la voz interna.
Darío tenía un nombre curioso: significaba “poseedor”, “el que mantiene”. Su padre se lo había puesto por un abuelo que “siempre sacó a la familia adelante”. A Darío le había gustado esa idea durante años. Ser el que sostiene. El que resuelve. El que no se rompe.
Pero, ¿y si también podía ser el que suelta?
Se dio cuenta de algo que le dio rabia y alivio al mismo tiempo: muchas máscaras que usaba no eran para engañar, sino para mendigar paz. Para que nadie preguntara. Para que nadie se preocupara. Para no sentirse una carga.
Y ahí apareció la contradicción: él quería sinceridad, pero también quería control. Quería decir la verdad y que todo saliera bien. Quería mostrar su herida y que nadie la tocara.
No funciona así.
La sinceridad no garantiza aplauso. Ni cariño. Ni comprensión. A veces trae silencio. A veces trae distancia. Pero también trae algo raro y precioso: integridad. Eso de poder caminar sin sentir que te persigues a ti mismo.
Darío respiró hondo y pensó en una verdad que sí podía sostener sin drama:
“No necesito parecer alguien. Necesito ser alguien.”
Esa frase, ahora sí, le sonó real. Con peso.
Y, de pronto, la habitación fue hogar
Lo curioso es que el cuarto seguía igual: blanco, sencillo, casi vacío. Pero Darío ya no lo veía como falta. Lo veía como espacio.
Como cuando limpias el escritorio y, al principio, te sientes raro, porque estás acostumbrado al caos. Pero luego te das cuenta de que el espacio te deja pensar. Te deja crear. Te deja respirar.
A Darío le vino una idea sencilla: quizá la sinceridad es eso. Un espacio.
Un lugar interno sin muebles innecesarios. Sin frases prestadas. Sin “deberías” como lámparas. Un lugar donde se nota lo esencial y ya.
Se levantó, tomó el espejo con cuidado y lo acomodó mejor contra la pared. No por estética. Por respeto. Como si dijera: “Te voy a mirar bien”.
Antes de salir, se quedó un segundo en la puerta. No sintió euforia. Sintió algo más útil: claridad. Y esa claridad tenía una forma humilde, casi doméstica. Como la luz suave de la tarde cuando baja el calor.
Se fue con una certeza chiquita, pero firme: la verdad no necesita show para ser verdad.
Del Relato a la Resolución
Darío no salió del cuarto convertido en otro. No hubo música épica ni un gran discurso. Salió más parecido a sí mismo, que a veces es el cambio más grande y menos vistoso.
Porque la sinceridad —esa que no grita y no posa— se parece a una habitación ordenada por dentro. Te deja ver la mota de polvo, sí. Te deja ver la grieta, también. Pero, de alguna manera, te permite habitarte sin pedir permiso. Y eso… eso se siente como hogar.
Ahora, déjame preguntarte algo, así de frente: ¿qué parte de tu vida estás “ajustando” para que se vea bien, cuando lo que necesitas es que se sienta verdadero? Quizá no hace falta derrumbarlo todo. A veces basta con una frase honesta. A veces basta con sentarte, bajar el escudo y decir: “Estoy cansado”, “Tengo miedo”, “No sé”.
Si te resuena esta idea, puede ser buen momento para iniciar una ruta consciente: un proceso guiado, con conversaciones reales, procesos reales, metas humanas que dejan espacio para lo esencial. Sin promesas exageradas. Sin disfraces. Solo un camino claro para volver a lo que importa.
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Coach Alexander Madrigal
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