domingo, 15 de febrero de 2026

Cómo sostenerte cuando todo cambia: relato reflexivo “Anclas en Días Raros"

Ilustración minimalista y cálida de una figura contemplativa frente al agua al amanecer con un ancla, símbolo de calma interior y rutinas en tiempos de cambio.

El martes amaneció con una luz extraña.

No era fea. Solo… distinta.
Como si alguien hubiera movido los muebles de la vida mientras Siro dormía.

Se quedó sentado en la orilla de la cama, mirando el borde de la sábana como quien busca una pista. A veces, cuando todo cambia por dentro, uno mira cualquier cosa por fuera para no admitirlo. El celular vibró dos veces y luego se calló. Eso, ese silencio después del zumbido, le pareció un anuncio.

No había pasado nada “dramático” esa mañana. No todavía. Y aun así, el aire traía esa sensación: la de cuando abres una puerta conocida y del otro lado ya no está el cuarto de siempre.

Siro se levantó, arrastrando los pies, y se fue a la cocina. Puso la cafetera como todos los días. La cafetera siempre obedecía. Ya sabes: hay objetos que parecen tener una paciencia que uno envidia. Mientras el café goteaba, él miró por la ventana. La calle seguía ahí, la panadería en la esquina, el mismo perro que ladraba al camión de la basura. Todo normal. Pero por dentro… por dentro algo estaba girado.

Ese fue el primer detalle: no era el mundo. Era su mapa.

Cuando la vida se transforma sin pedir permiso

El cambio le había llegado como llegan algunas cosas: sin ceremonia. Una reestructuración en el trabajo, un nuevo jefe con sonrisa de plástico, un “tenemos que hablar” que su pareja soltó la semana anterior y que desde entonces flotaba por la casa como una mosca. Y, para rematar, su madre había vuelto a llamar con ese tono suave que en realidad era una alarma: “Hijo, no te preocupes… pero…”

A Siro no le gustaban los finales abruptos. Ni los comienzos. Le gustaban los puentes. Y cuando no los veía, se tensaba. Se le notaba en los hombros, en la mandíbula, en la manera de responder mensajes con un “ok” demasiado corto.

Afuera, él parecía funcional. Adentro, era otra historia.

Caminó hasta el baño, se lavó la cara y se miró al espejo. Su expresión era la de alguien que está llegando tarde a una vida que ya empezó sin él. Se preguntó, sin querer preguntárselo: ¿en qué momento se movió el piso?

La respuesta no llegó. A veces no llega porque no es una frase; es un proceso.

El cuerpo también habla (y a veces grita)

Esa semana, Siro dormía a pedazos. Se quedaba dormido fácil, sí, como quien se rinde, pero despertaba a las tres y pico con el corazón apurándolo. No pensaba en nada específico. Eso es lo peor: la angustia sin argumento. Iba por agua, miraba la pantalla, leía titulares, se enojaba con la gente que opinaba con tanta seguridad… y luego se enojaba consigo mismo por estar ahí, despierto, alimentando la inquietud.

Ese patrón que se ve más veces de las que se puede contar: la mente busca un culpable para justificar el temblor, pero el temblor viene de otra parte. Viene del vacío entre lo que era y lo que todavía no se sabe.

Siro lo resolvía como muchos: haciendo. Haciendo listas. Haciendo planes. Haciendo llamadas. Como si el movimiento pudiera tapar el miedo. Lo curioso es que, mientras más se movía, menos se sentía.

En el trabajo, respondía con eficiencia. En casa, contestaba con evasivas. “Estoy cansado”, decía. Y era cierto, pero no era todo. Su pareja, Maia, lo miraba de reojo. Ella no quería pelea; quería presencia. Ese tipo de presencia que no se compra con flores ni se arregla con promesas.

Una noche, Maia dejó el plato en el fregadero y dijo, sin subir el tono:

—Me siento sola contigo.

Siro se quedó quieto. La frase no era un ataque, pero él la oyó como sentencia. Por dentro se le activó el reflejo viejo: defenderse o escapar. En vez de eso, soltó un suspiro y se apoyó en la encimera.

—No sé cómo hacerlo mejor —admitió.

Y ese “no sé” fue pequeño, pero fue real. A veces la humildad llega así, sin épica, en una cocina con olor a detergente.

Una conversación que no salva, pero ordena

Al día siguiente, Siro visitó a su amigo Tomás, que no era gurú ni nada por el estilo. Era de esos tipos que te escuchan sin interrumpirte para contarte su propia historia. Un lujo.

Se sentaron en una banca del parque. Era temprano. Había hojas secas y niños que gritaban como si el mundo fuera eterno. Siro habló de la reestructuración, del “tenemos que hablar” suspendido, del nudo en el pecho. Tomás lo escuchó como se escucha a alguien que está tratando de sostener una caja pesada sin saber dónde dejarla.

Al final, Tomás le dijo:

—Cuando todo se mueve, yo me agarro de lo simple. De lo que ya sé hacer.

Siro frunció el ceño.

—¿Como qué?

Tomás se encogió de hombros.

—Como caminar. Comer a la misma hora. Apagar el celular un rato. Cosas tontas.

No eran tontas. Eran raíces. Y Siro lo sintió aunque no lo explicó.

A veces, el primer destello de claridad no viene con fuegos artificiales; viene con una frase sencilla en un parque cualquiera. Una verdad que cae de pie.

Rutinas pequeñas: el arte de no perderse

Esa tarde, Siro llegó a casa y no intentó “arreglar” su vida entera. Hizo algo raro: lavó una taza con calma. Luego se sirvió agua. No café, agua. La bebió despacio, como si estuviera recordándole a su cuerpo que seguía vivo.

En la libreta que Maia usaba para listas del súper, escribió una línea:
“Hoy, solo sostener lo básico.”

Después, eligió tres cosas. No diez. Tres. Porque cuando estás inestable, el exceso de metas es otra forma de violencia.

  • Agua al despertar, antes del celular.

  • Caminar quince minutos, aunque fuera a la tienda.

  • Apagar pantallas cuarenta minutos antes de dormir.

¿Perfecto? No.
¿Humano? Sí.

Al principio, la mente protestó. “¿Y esto qué va a cambiar?” Esa voz interna que suena lógica, pero en realidad tiene miedo. Siro la dejó hablar y siguió.

Esa noche, cuando Maia se sentó en el sofá, él se sentó también. No para “resolver”. Para estar. Se quedaron mirando una serie sin mucho entusiasmo, pero con algo nuevo: el peso del cuerpo al lado del otro. Esa simple cercanía que a veces cura más que mil discursos.

Maia le rozó el brazo. Un gesto mínimo. Él lo notó y no lo interpretó como permiso ni como deuda. Solo como un puente que volvía a aparecer.

Decir “no” sin romperse: límites que cuidan

Dos días después, el nuevo jefe lo llamó para pedirle un informe “urgente” a las nueve de la noche. Antes, Siro habría dicho que sí. Por inercia, por miedo a parecer poco comprometido, por esa costumbre de ganar aprobación a costa de su descanso.

Esta vez, tragó saliva. Sintió el impulso de complacer… y lo dejó pasar.

—Puedo tenerlo mañana a primera hora —respondió—. Hoy ya estoy fuera.

El silencio al otro lado duró un segundo más de lo normal.

—Está bien —dijo el jefe, seco.

Siro colgó. Le temblaron las manos un poco. No por culpa, sino por novedad. Poner un límite sano se parece a estrenar zapatos: al principio aprieta, luego acomoda.

Esa noche durmió mejor. No mucho, pero mejor. El cuerpo entiende cuando uno se cuida, aunque la mente todavía dude.

En casa, cuando Maia le preguntó si podían hablar “de verdad” el sábado, Siro no se escondió detrás de “ya veremos”.

—Sí —dijo—. Me da nervio, pero sí.

Sostener tensión sin huir. Ahí empezó el cambio real.

La recaída: cuando el agua vuelve a agitarse

El sábado llegó y con él una llamada de su madre. Noticias médicas, nada definitivo, pero suficiente para mover el piso otra vez. Siro sintió el viejo impulso: cancelar la conversación con Maia, encerrarse en el teléfono, tragarse el miedo y hacerse el fuerte.

Por un momento, lo hizo. Se quedó callado, mirando la pared. Maia lo observó. Ella sabía que ese silencio no era paz; era un escondite.

—¿Vas a desaparecer? —preguntó, sin dureza.

Siro respiró hondo.

—No quiero… pero me dan ganas.

—Entonces quédate —dijo ella—. Aunque sea torpe.

Quédate aunque sea torpe. Esa frase tiene algo de hogar.

Se sentaron en la mesa. Hablaron lento, como quien camina sobre hielo. Maia contó lo que le dolía: no tener acceso a él, sentir que todo era “función” y poco “verdad”. Siro escuchó sin justificar. A ratos, se le llenaron los ojos. No lloró. Y eso también decía algo: todavía estaba aprendiendo a aflojar.

—Yo me asusto cuando siento que no tengo control —confesó—. Y entonces me vuelvo… útil. Pero no cercano.

Maia bajó la mirada. Luego asintió.

—Yo me pongo dura cuando siento que no importo. Y ahí te empujo.

Ahí apareció algo precioso: reconocimiento mutuo. Sin aplausos. Sin drama. Solo honestidad.

No resolvieron todo, claro. Nadie resuelve la vida en una tarde. Pero algo cambió: la energía entre ellos dejó de estar trabada.

El nuevo orden: belleza en lo simple

Los días siguientes, Siro siguió con sus tres rutinas como quien riega una planta sin ver todavía la flor. Caminaba aunque estuviera lloviendo suave. Tomaba agua aunque le pareciera un detalle tonto. Apagaba pantallas aunque le picara la ansiedad.

Y de a poco, ocurrieron cosas chiquitas que, juntas, son grandes.

En el trabajo, empezó a decir “esto sí” y “esto no” con más calma. No era rebeldía; era claridad.
En casa, Maia y él volvieron a cocinar. Pan tostándose, música bajita, una risa inesperada.
Y un día, sin darse cuenta, Siro se sorprendió pensando: “Hoy estuvo bien”. No perfecto. Bien.

Una mañana, mientras caminaba, vio cómo el sol atravesaba las ramas desnudas de un árbol. La luz no luchaba. Solo pasaba. Y él sintió algo parecido adentro: una presencia sencilla, como si el cuerpo recordara su sitio.

¿Sabes qué? Hay momentos así. No se anuncian. No suben tendencia. Pero te devuelven.

Siro entendió, sin decirlo, que el cambio no se iba. Lo que se iba era la pelea.

Lo cotidiano como refugio vivo

Con el tiempo, la casa se volvió distinta. No por muebles nuevos, sino por el ritmo. Una taza de café tomada sin prisa. Una conversación sin defensas. Un “lo siento” dicho a tiempo. Un abrazo que no pedía nada a cambio.

En la mesa, Maia dejó una nota una tarde: “Gracias por quedarte”.

Siro la leyó varias veces, como quien relee un mapa para asegurarse de que existe. Luego escribió debajo: “Gracias por no rendirte conmigo”.

Hay vínculos que no se arreglan con promesas grandes, sino con fundamentos pequeños. Con hechos repetidos. Con presencia. Con pan. Con mesa. Con rutina. Con esa forma silenciosa de decir: “Aquí estoy”.

Y sí: el piso se había movido. Pero ahora Siro sabía algo que antes no sabía. Había aprendido a sostenerse. Y, cuando alguien se sostiene, también puede sostener a otros sin aplastarlos.

Del Relato a la Resolución

El cambio no pidió permiso, como casi nunca lo hace. Aun así, Siro encontró una manera de no perderse: volvió a lo simple, como quien vuelve a casa cuando afuera hay viento. La vida siguió moviéndose, pero ya no lo arrastró igual. En el agua agitada apareció un remanso. No porque todo se resolviera, sino porque él dejó de pelear con cada ola y empezó a elegir dónde poner los pies.

Si tú estás en una etapa parecida, prueba algo concreto y pequeño: elige tres anclas para una semana. Una para la mañana (agua antes del celular, por ejemplo), una para el cuerpo (caminar diez o quince minutos) y una para la noche (bajar pantallas un rato). Escríbelas en un papel visible. No para exigirte, sino para recordarte. Y si fallas un día, vuelves al siguiente. Sin drama. La constancia no es rigidez; es cariño repetido.

Lo bonito es que esta lección no se queda solo en el estrés o en una relación de pareja. También sirve para un duelo, para un cambio de trabajo, para un conflicto familiar, para esos momentos en que sientes que estás “funcionando” pero no viviendo. Las anclas vuelven el día más habitable. Y, desde ahí, tomar decisiones se vuelve menos reactivo y más consciente.

Si te resuena, una ruta consciente con guía cercana puede ayudarte a identificar tus patrones, poner límites sin culpa y recuperar presencia en tus relaciones—con metas humanas y conversaciones que dejan espacio para lo esencial. No se trata de volverte otra persona, sino de volver a ti con calma y con dirección.

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Hasta la próxima entrega,
Coach Alexander Madrigal
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