domingo, 11 de enero de 2026

Tres caminos y una señal: cómo tomar decisiones cuando no todo está claro

Hombre reflexivo detenido en un cruce de caminos en el bosque, simbolizando la toma de decisiones conscientes en momentos de duda.

Yuma se quedó quieto.

Quieto de verdad.

Como si el aire se hubiera endurecido alrededor de sus hombros y, por un segundo, todo lo demás —los pájaros, el viento, el rumor lejano de una carretera— se hubiera puesto en pausa.

Frente a él, un poste de madera con una señal gastada. Letras oscuras. Una flecha. Y, lo más irritante: el camino “principal” parecía decir por aquí, pero a la izquierda se abrían dos senderos más, como si el mundo le estuviera guiñando un ojo y a la vez retándolo.

No era la primera vez que Yuma se paraba así, con la mente hecha un nudo. Solo que esta vez el nudo tenía forma de cruce.

Cuando el corazón se queda en medio del camino

A Yuma le pasaba algo curioso: por fuera era de esos hombres que transmiten firmeza sin hablar demasiado. No era pose; era una manera de estar. Había gente que, sin darse cuenta, le cedía el paso en una reunión o lo miraba cuando tocaba decidir. Como si lo reconocieran en el instinto, como se reconoce a quien sabe guiar una caravana sin hacer escándalo.

Y sin embargo… por dentro también dudaba. Dudaba bonito y dudaba feo. Dudaba con preguntas honestas y con miedos que se disfrazan de prudencia.

Ahí, frente a la señal, le volvió la vieja idea: si tomo la ruta equivocada, pierdo tiempo. Y si pierdo tiempo, pierdo todo. Dramático, sí, pero así funciona la mente cuando se asusta: exagera para que uno no se mueva.

El poste no ayudaba mucho. Señalaba un sendero al frente, como si dijera: sigue, no pienses tanto. Pero los otros dos caminos a la izquierda tenían esa pinta tentadora de lo alternativo. Uno era estrecho y suave, cubierto de hojas. El otro subía un poco, con piedras que parecían poner condiciones.

Yuma apretó la mandíbula. “¿Por qué nada es simple?”, pensó. ¿Sabes qué? A veces uno no necesita que el mundo sea complejo. Ya trae suficiente complejidad de fábrica.

La señal no decide por ti… y eso da rabia

Hay señales que tranquilizan. Te dicen “salida” y tú respiras. Te dicen “hospital” y tú agradeces. Pero esta señal, en cambio, era como un consejo a medias: útil, sí, pero incompleto.

Yuma lo entendió con una claridad incómoda: la señal solo daba información. No daba sentido. No respondía su pregunta real.

Porque la pregunta real no era “¿por dónde se llega?” sino “¿a dónde quiero llegar, en serio?”. Y esa diferencia parece pequeña, pero cambia todo.

Le vino una digresión tonta, de esas que aparecen para salvarte de un ataque de ansiedad: recordó cuando buscaba un restaurante nuevo con su celular y el mapa le ofrecía tres rutas. Una decía “más rápida”, otra “menos tráfico”, otra “escénica”. Él se quedaba mirando la pantalla como si fuera una prueba moral. Como si elegir mal lo hiciera mala persona. Qué absurdo. Y qué humano.

Volvió al cruce. El bosque no tenía wifi, pero sí tenía el mismo dilema.

Tres caminos, tres versiones de uno mismo

Se agachó un poco, no por cansancio, sino por costumbre: cuando quería pensar, acercaba el cuerpo a la tierra, como si la tierra pudiera pasarle una respuesta por ósmosis.

El camino del frente —el de la señal— parecía lo correcto. Lo previsto. Lo que uno elige cuando no quiere sorpresas. Yuma lo bautizó en su cabeza como “el camino del deber”.

El primer sendero a la izquierda era bonito. Silencioso. Un silencio que prometía calma, como cuando apagas notificaciones y, por fin, escuchas tus propios pensamientos. Ese lo llamó “el camino del deseo”.

El segundo sendero a la izquierda subía y se veía áspero. No feo, solo exigente. Como esos proyectos que te hacen crecer pero te dejan la espalda tensa. Ese fue “el camino de lo desconocido”.

Y entonces Yuma sintió algo que lo tocó en el pecho, leve pero preciso: cada camino no era solo un camino. Era una versión de él.

¿Qué versión de ti gana cuando eliges? ¿La que busca seguridad? ¿La que quiere belleza? ¿La que necesita sacudirse?

La trampa de esperar certeza perfecta

Yuma se dio cuenta de otra cosa: llevaba años creyendo que ser decisivo era no dudar. Como si la gente “fuerte” tuviera un interruptor interno que apagara la incertidumbre.

Honestamente, esa idea le había costado caro. Le había robado noches, le había llenado el cuerpo de tensión, le había hecho postergar conversaciones importantes. Porque cuando esperas certeza total, cualquier duda se siente como un “no”.

Y aquí está el asunto: la certeza total casi nunca llega antes del paso. Llega después. A veces llega como un suspiro. A veces llega como un “ah, ya”.

Se quedó mirando la flecha del poste. Le molestó, pero también le hizo gracia. La flecha era simple. Su mente, no.

Un truco sencillo: elegir un tramo, no la vida entera

Yuma decidió hacer algo distinto. No iba a “resolver su destino” en un cruce. Iba a resolver el siguiente tramo.

Se habló a sí mismo, bajito, como si el bosque fuera un confidente: “Camina veinte minutos. Solo veinte. Y luego miras.”

Eso le quitó peso al asunto. Le quitó solemnidad. Y la solemnidad, en estas cosas, suele ser veneno.

Antes de moverse, se dio un micro-mapa mental, rápido, práctico, sin tanta filosofía:

  • Norte: ¿qué necesita hoy? Paz primero, luego claridad.

  • Peaje: ¿qué está dispuesto a pagar? Un poco de incomodidad, sí. Culpa, no.

  • Reversibilidad: ¿puede volver si no le lleva donde quiere? Sí, el cruce sigue ahí.

  • Compromiso corto: veinte minutos y evaluación.

No era magia. Era sentido común con cariño.

Yuma sonrió apenas. Él, que tantas veces había cargado decisiones ajenas —familia, trabajo, gente que esperaba que él “supiera”—, por fin se estaba dando permiso de decidir como humano: con dudas y con movimiento.

El primer paso siempre suena más fuerte de lo que es

Eligió el sendero del frente. Sí, el de la señal.

No porque fuera “mejor”, sino porque su norte era paz y ese camino parecía el menos ruidoso para empezar. Además, le gustó la idea de algo humilde: seguir una dirección sin convertirla en sentencia.

Los primeros pasos crujieron sobre la grava. Sonó fuerte. Como cuando dices “tenemos que hablar” y tu corazón se acelera aunque no estés peleando con nadie. El cuerpo reacciona al cambio, incluso al cambio pequeño.

A los cinco minutos, su respiración ya era otra. Más baja. Más lenta. A los diez, su mente dejó de estar como un navegador recalculando rutas cada dos segundos. A los quince, notó algo extraño: la duda seguía ahí, sí, pero ya no mandaba.

Yuma miró sus manos. Estaban relajadas.

“Ok”, pensó. “Esto es lo que pasa cuando camino: el cuerpo me cree.”

La claridad aparece disfrazada de cosas simples

A los veinte minutos exactos, encontró un claro. No era espectacular; era sencillo. Luz filtrándose entre ramas. Un tronco caído que parecía banca. El tipo de lugar donde alguien se sentaría a comer una manzana y listo.

Se sentó.

Y ahí, sin fuegos artificiales, entendió: la decisión no se trataba de acertar a la primera. Se trataba de sostener una dirección con suficiente calma como para poder ajustar sin drama.

Se acordó de un amigo que siempre decía: “Si todo depende de una sola elección, entonces no es decisión, es superstición.” En ese momento le pareció brillante y un poco cruel, como suelen ser las frases que dicen la verdad.

Yuma dejó que le llegara la pregunta correcta, la que no lo atacaba: ¿Qué necesitas para seguir? No “¿y si te equivocas?”, sino “¿qué necesitas para seguir?”

El bosque, de alguna forma, contestó con silencio.

Volver al cruce con otra cara

Regresó por el mismo sendero. No porque se arrepintiera, sino porque quería volver con la mente limpia. De regreso, notó detalles que no había visto: una piedra con musgo, un nido escondido, un olor a tierra mojada.

La vida es rara: cuando estás ansioso, no ves. Cuando caminas, ves.

Al llegar al poste, los dos caminos a la izquierda seguían ahí. Igualitos. No habían desaparecido. No habían “castigado” a Yuma por haber elegido el del frente primero.

Y ahí apareció la verdadera decisión: ya no era “¿qué camino es perfecto?” sino “¿qué camino quiero probar ahora, con lo que ya aprendí?”

Esta vez escogió el primer sendero a la izquierda, el silencioso, el de hojas. No lo eligió por impulso. Lo eligió con una sensación nueva: autoría.

Yuma avanzó con un tipo de confianza que no era arrogante. Era la confianza de quien sabe guiar, pero también sabe detenerse, escuchar y corregir. Como si llevara dentro una brújula antigua, heredada, que no grita pero apunta.

Porque eso era él, aunque no siempre lo recordara: alguien hecho para abrir camino sin necesidad de tener el mapa completo.

Del Relato a la Resolución

Yuma siguió caminando hasta que el día empezó a inclinarse, y cuando miró atrás ya no vio “tres caminos” como amenaza, sino como posibilidad. El cruce no desapareció; se volvió parte del paisaje, un recordatorio amable: la vida no pide certeza perfecta, pide presencia. Y a veces la presencia se construye con algo tan simple como elegir un tramo.

Si tú estás en un cruce parecido, prueba esto: define tu norte en una frase corta (paz, estabilidad, aprendizaje, salud, lo que sea), elige una opción que puedas revisar sin que te destruya el orgullo, y comprométete por un tiempo realista. Una semana. Un mes. Veinte minutos, como Yuma. Luego evalúa con datos y con sensaciones: ¿duermes mejor?, ¿te sientes más en calma?, ¿avanzas aunque sea poquito? No necesitas “la” respuesta; necesitas una dirección suficiente para moverte.

Y ojo: esta idea no sirve solo para decisiones grandes. También se cuela en lo cotidiano: conversaciones pendientes, hábitos que prometes y pospones, cambios de trabajo, proyectos creativos, incluso la forma en que pones límites. La vida está llena de mini-cruces, y cada uno te enseña a decidir con más calma, con menos teatro y más verdad.

Si te gustaría recorrer esta ruta con una guía cercana —una travesía guiada, realista, a tu ritmo—, un proceso de coaching puede ayudarte a ordenar criterios, reducir el ruido mental y sostener decisiones que se sientan tuyas. Metas humanas, pasos claros, conversaciones que dejan espacio para lo esencial. Sin prisa, pero sin quedarte inmóvil en el cruce.

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Hasta la próxima entrega,
Coach Alexander Madrigal
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