Cuando querer algo propio te hace sentir culpable
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| Hacer espacio también es una forma de cuidado |
Hay una escena pequeña que puede decir mucho de una vida: una mujer abre su bolso, saca un cuaderno que antes escondía en el cajón de abajo y lo pone sobre la mesa.
No anuncia una revolución. No abandona todo. No grita. Solo deja de tratar su deseo como si fuera una evidencia en su contra.
En el relato de Amalia, ese cuaderno verde guarda dibujos, ideas, frases sueltas y una palabra repetida: diseñar. Pero, más que un proyecto creativo, guarda una pregunta que muchas personas conocen demasiado bien: “¿Tengo derecho a querer esto aunque no pueda justificarlo?”
Esa pregunta aparece en la pareja, en la familia, en el trabajo y en el crecimiento personal. A veces no se nota porque viene disfrazada de responsabilidad. “Primero cumplo.” “Primero ayudo.” “Primero que todos estén bien.” “Después veo lo mío.”
El problema es que ese “después” puede convertirse en una casa donde nadie vive.
El hábito de ganarse el permiso
Hay personas que no se permiten desear algo hasta que han acumulado suficientes méritos.
Trabajan más. Ayudan más. Se vuelven disponibles, eficientes, consideradas. Aprenden a leer el ambiente, anticipar necesidades y no pedir demasiado. Desde afuera parecen fuertes. Por dentro, muchas veces están negociando en silencio con una vieja creencia: “Si soy útil, entonces quizá merezco tener algo para mí.”
Ese patrón puede nacer en familias donde el valor personal se midió por la obediencia, el rendimiento o la capacidad de no causar problemas. Nadie tuvo que decir: “Tus deseos no importan.” Bastó con premiar siempre la utilidad y mirar con sospecha lo que parecía poco práctico.
En la vida adulta, esa persona puede tener logros reales y aun así sentirse incómoda al pedir tiempo, descanso, placer, creatividad o espacio. No porque sea débil, sino porque su sistema interno asocia el deseo propio con riesgo: riesgo de decepcionar, parecer egoísta, perder aprobación o incomodar a otros.
En pareja, esto se ve cuando alguien siempre cede “para evitar problemas”, pero luego se siente invisible. En familia, aparece cuando una persona sostiene todo y no sabe cómo decir “esta vez no puedo”. En el trabajo, se nota cuando alguien acepta más tareas mientras posterga lo que realmente quiere construir.
La pregunta no es si ayudar está mal. Ayudar puede ser hermoso. La pregunta es: ¿desde dónde ayudas? ¿Desde el amor o desde el miedo a dejar de ser querido?
Cuando la responsabilidad se vuelve escondite
La responsabilidad es una virtud cuando nos ayuda a cuidar lo importante. Pero puede volverse escondite cuando la usamos para no escucharnos.
Amalia quería un ascenso. Era una meta legítima. El detalle es que, debajo de esa meta, había otra necesidad: sentir que por fin tendría permiso para tomar en serio su deseo creativo. Es decir, no buscaba solo crecer laboralmente; buscaba una autorización emocional.
Esto pasa más de lo que parece. Alguien dice: “Cuando tenga más dinero, empezaré.” “Cuando mis hijos crezcan, me ocuparé de mí.” “Cuando mi pareja esté mejor, hablaré de lo que necesito.” “Cuando todo esté más estable, haré ese cambio.”
Claro que hay temporadas que exigen prioridad y prudencia. La vida real tiene cuentas, compromisos y personas que dependen de nosotros. Pero también es cierto que muchas veces usamos esas razones como murallas. No para proteger a otros, sino para no enfrentar la incomodidad de elegirnos sin culpa.
Una herramienta sencilla es distinguir entre responsabilidad real y postergación disfrazada.
La responsabilidad real tiene fecha, proporción y propósito. Dice: “Durante este mes necesito enfocarme en esto.” La postergación disfrazada no tiene calendario. Dice: “Algún día.” La responsabilidad real cuida la vida. La postergación disfrazada la congela.
Hazte esta pregunta con honestidad: “¿Estoy esperando un momento prudente o estoy esperando un momento en el que nadie pueda cuestionarme?”
La diferencia cambia todo.
El ejercicio del cuaderno visible
El gesto de Amalia no fue abandonar su trabajo ni convertir su sueño en espectáculo. Fue poner el cuaderno sobre la mesa. Esa imagen puede convertirse en una práctica muy concreta para tu vida.
Busca una hoja o abre una nota privada en tu celular y escribe tres columnas:
1. Lo que digo que quiero.
Aquí van tus metas aceptables: mejorar ingresos, ordenar la casa, estudiar, cuidar la relación, crecer profesionalmente.
2. Lo que realmente estoy buscando sentir.
Aquí aparece la capa más honesta: libertad, descanso, reconocimiento, creatividad, ternura, autonomía, paz.
3. El primer gesto visible.
No una gran promesa. Un gesto. Pedir una hora a la semana. Hablar con tu pareja. Inscribirte a una clase. Separar un pequeño presupuesto. Decir no a una tarea que no te corresponde. Sacar del cajón algo que lleva demasiado tiempo escondido.
La clave es que ese gesto sea visible para ti. No necesariamente para todo el mundo. Hay deseos que necesitan intimidad antes que exposición. Pero sí deben dejar de vivir bajo llave.
En pareja, este ejercicio puede abrir conversaciones importantes: “Hay algo que he venido postergando y no quiero seguir tratándolo como algo secundario.” En familia, puede ayudarte a expresar necesidades sin acusar a nadie: “Quiero encontrar un espacio para esto porque también forma parte de mi bienestar.” En crecimiento personal, puede ayudarte a dejar de medir tus deseos solo por su productividad.
Tres preguntas para esta semana
¿Qué deseo tuyo lleva demasiado tiempo pidiendo permiso?
No respondas con lo más lógico. Responde con lo que aparece cuando bajas la guardia.
¿Qué explicación usas para seguir aplazándolo?
Puede ser una razón válida. Mírala con respeto. Luego pregúntate si también está funcionando como escondite.
¿Cuál sería tu “cuaderno sobre la mesa”?
Un gesto pequeño, concreto y posible que le diga a tu vida: esto también merece espacio.
Donde el relato sigue respirando
Si quieres volver al origen emocional de esta reflexión, puedes regresar a la historia de Amalia y mirar de cerca el cuaderno que una mujer dejó de esconder. A veces una escena narrativa llega donde un consejo no alcanza.
Y si deseas mirar este mismo símbolo desde una dimensión más espiritual, hay una lectura que contempla el cuaderno como un lugar interior donde la luz espera entrar: la luz que atraviesa el cuaderno cerrado.
¿Qué estás dejando para después?
¿Qué parte de tu vida has llamado “no tan importante” solo porque todavía no sabes cómo pedirle espacio sin sentir culpa?
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Hasta la próxima entrega,
Coach Alexander Madrigal
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