Cuando el amor deja de ser una pelea y se vuelve un campo compartido
Luken había aprendido a discutir como quien enciende una lámpara demasiado fuerte en medio de la noche: creyendo que así vería mejor, sin notar que también podía deslumbrar. No lo hacía por crueldad; lo hacía por costumbre, y la costumbre, cuando se instala, se vuelve una especie de piloto automático del alma. Cada vez que Iskra le decía “ya no sé cómo hablar contigo”, él escuchaba otra cosa. Escuchaba una acusación, un empujón, una amenaza vestida de cansancio. Entonces respondía con esa mezcla de control y distancia que a veces parece serenidad, aunque por dentro sea puro miedo. Vivían juntos desde hacía seis años en un apartamento donde el café de la mañana olía a tregua y las noches, últimamente, olían a corriente contenida. Nada era un desastre total. Ahí estaba el problema. No había escenas escandalosas ni despedidas de película. Había algo más callado, más común, más difícil de señalar con el dedo: una fatiga fina, una forma de ir quedándose lejos aun compartiendo la misma mesa...