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No puedes dar lo que no tienes: relato reflexivo sobre amor propio y bienestar emocional

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La primera en apagarse no fue la chimenea. Eso, en realidad, fue lo raro. Durante años, la llama de la cabaña se mantuvo viva incluso en los inviernos más ásperos, cuando el bosque entero parecía crujir de frío y los árboles se doblaban bajo la nieve como si también ellos estuvieran cansados. Halira se levantaba antes del alba, cuando todavía no se veía el camino entre los pinos, y encendía el fuego con una precisión que ya era costumbre, casi un reflejo. Después hervía agua, cambiaba vendas, preparaba caldo, ventilaba la habitación, ordenaba mantas, revisaba medicinas, limpiaba tazas, recogía silencios. Hacía todo. Y lo hacía bien. Quien la hubiera visto desde fuera habría dicho que era una mujer fuerte. De esas que no se quiebran. De esas que parecen hechas de una madera antigua, firme, de la que ya no se encuentra mucho. Lo curioso —y esto suele pasar más de lo que la gente imagina— es que la fortaleza visible a veces nace del miedo a caer, no de una paz verdadera. Hay personas...

El mensajero llega antes que el mensaje: Cómo Silvano recuperó el mando de su vida

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La alarma no sonó. No porque estuviera dañada. Silvano la había apagado antes de dormir, con ese gesto rápido de “mañana me levanto igual”. Y sin embargo, cuando abrió los ojos, el cuarto estaba lleno de una claridad tímida, como si el día se asomara de puntillas. Se quedó quieto. Un minuto, tal vez dos. En su pecho había una incomodidad rara, una mezcla de urgencia y desgano. No era pereza exactamente. Era otra cosa, más fina, más difícil de explicar: la sensación de que algo lo llamaba… y él estaba fingiendo no oír. En la mesa de noche, el celular brilló con una notificación. Un recordatorio: “Reunión 9:00. Presentación lista.” La palabra lista le provocó una pequeña mueca. ¿Lista para quién? ¿Para el papel? ¿Para la gente? ¿Para él? El mundo, con su prisa educada, ya lo estaba empujando. Ese espejo que no perdona (aunque tampoco grita) Silvano fue al baño y se miró. No buscaba verse bien. Buscaba… confirmarse. Pero el espejo devolvió otra cosa: hombros algo caídos, mandíbula ...

La habitación que no pedía aplausos: un relato reflexivo sobre la sinceridad

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A Darío le gustaban los lugares blancos. No por obsesión con el orden ni por esa manía moderna de que todo parezca catálogo. Le gustaban porque ahí se notaba todo. Una mota de polvo. Una sombra. Una grieta mínima en la pared. Y, sí, también se notaba cuando uno intentaba fingir. Esa tarde, sin embargo, el blanco no le hizo gracia. El cuarto donde estaba era pequeño, casi desnudo. Una silla plegable, una mesa baja y un espejo apoyado contra la pared, como si alguien lo hubiese colocado a última hora. La luz entraba de costado, suave, sin esa violencia de foco que te deja en evidencia. Era una luz decente, digamos. Una luz que no se burlaba. Darío se quedó mirando su reflejo como quien revisa un recibo: buscando un error. Tenía la cabeza rapada desde hacía meses. Primero fue por practicidad; luego se volvió costumbre. Sin cabello, ya no podía esconderse detrás de un “me despeiné” o un “así me queda mejor”. La piel decía la verdad. Punto. Y esa verdad, curiosamente, le daba calma… ha...